jueves, 22 de noviembre de 2012

Life on Mars

Y comenzó a sumergirse lentamente en el agua. Ya estaba un poco fría, llevaba un buen rato ahí, pero no le importaba, le encantaba estar en su bañera. Desde dentro escuchaba la música que reproducía su equipo, se tornaba un poco psicodélica con el agua en los oídos. Entonces en la cabeza de Luisa empezaron a surgir imágenes… su reflejo difuminado en el poso del té, luego su reflejo cóncavo en la cuchara del té, luego su reflejo alargado en el palo de la cuchara del té, y poco a poco se iba elevando y flotando. Flotaba por un no – espacio, no había oscuridad ni luz en su cabeza, tampoco habitaciones, construcciones, ciudades, naturaleza. Pero espera, vislumbraba a lo lejos algo: una casita blanca, vieja, áspera, de repente ya estaba en ella. 

Comenzó a emerger lentamente del agua. Deseaba abrir la puerta del baño y encontrar una casa totalmente distinta, ¿una casa? o un bosque, una playa, una ciudad, algo diferente. De mucha menos importancia era que apareciese allí desnuda con una toalla por encima, desde luego, si eso ocurría, se le olvidaría completamente, de hecho bailaría y saltaría hasta el punto que se le cayese. Luisa siempre se repetía, ¿ por qué no podemos teletransportarnos? Sería genial aparecer donde nos apeteciese, prácticamente eliminaríamos las barreras del tiempo y del espacio, ésas que nos encierran, esos muros que nos rodean y hacen que tengamos sensación de claustrofobia, que no puedas respirar, te agobies, y encima, no puedas luchar contra ellos porque estás demasiado cansada o porque no te da tiempo. ¿Otra vez? ¿Tiempo? De nuevo encerrada por los muros.