Soy consciente desde hace mucho tiempo de que cuando estamos con nosotros
mismos los pensamientos se desarrollan y fluyen libremente, sin encontrar
límites, a no ser que los autoimpongas. Salir a pasear y advertir que la cadena
de ideas va adoptando el ritmo de tus pasos. El problema aparece cuando se
llega al destino y volvemos a integrarnos en la acción, haciendo olvidar lo que
habíamos concluido anteriormente. Afinando esto, podría decir que nos quedamos
con lo esencial, pero no con la manera de escribirlo mentalmente. Suena
estúpido, ¿qué importará la forma? A veces más de lo que creemos.
Expresar en alto lo que va ocurriendo por nuestra cabeza hace que el río de pensamientos encuentre algunas piedras que le dificulten fluir. Quizás es porque cuando cavilamos no ponemos del todo en pie lo que surge. No le damos un significado a cada concepto ni un concepto a cada pensamiento.
El acto de comunicar, bien sea hablado o escrito, hace más reales nuestras sensaciones. Antes eran abstractas nebulosas inconmensurables, generales aunque las sintamos muy específicas. Este sentimiento de especificidad de los pensamientos a veces es realmente difícil de convertir en palabra.
Por eso, el lenguaje es jodidamente necesario a la vez que jodidamente limitador.
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