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martes, 17 de diciembre de 2013

De aquí y de allá

El drama, la tragedia, se me antoja como comedia.

Las bases fuertes en las que antes te apoyabas se desmoronan, porque en realidad eran débiles. Es algo que ocurre de una manera progresiva, pero pilla de sopetón, que no sorpresa. El gigante de la realidad me desborda y 'estoy' pequeña frente a él, él mismo me ha ido reduciendo. Maldices creer en las cosas porque éstas después se las arreglan para que no creas en ellas. Lo que actualmente me pesa son aspectos contra los que, en mis épocas de soñadora, quise pensar que podía hacer algo por cambiarlas. ¿Es esto crecer?
Ya no sé qué percepción aplicarle a la realidad para sentirme diferente frente a ella.

Más de una vez he pensado que hay dos tipos de persona, las que tienen miedo a algo que les hace sentirse mal e intentan aplazar el momento del enfrentamiento lo máximo posible y las que sólo quieren que llegue ya el desafío, aunque no le den a las cosas el tiempo que necesitan. Siempre he pertenecido al segundo grupo. Imaginando que el problema es un tiburón y yo estoy en una barca en el mar, primero vería su aleta e intuiría lo que no puedo ver. Sólo intuir, el miedo y otros factores ponen en duda si lo que realmente hay bajo el agua se trata de un tiburón o no, por muy evidente que sea. El animal va acechando y la tensión aumentando, y es en ese momento cuando lo que deseo es que ataque, para saber qué es, cómo me siento y qué puedo hacer en esa situación.

Si hay dos lugares en el mundo en los que me martirizaría vivir serían en la incertidumbre y en la apatía. No digo un tercero, que sería el miedo, porque es ya como un hogar. Al menos el miedo presenta una finalidad adaptativa, puede prevenir el sufrimiento.
¿Qué consigue la incertidumbre? Sin saber qué camino escoger, hacia dónde mirar, como un ciego, dando el paso a tientas, sobre suelo fangoso, inestable, a veces incluso irreal.

Tengo miedo de enorgullecer, sorprender, preocupar, mucho miedo de preocupar. Y tengo miedo de molestar, aburrir y asustar. Como se puede comprobar, no tengo miedo de escribir.

Ante todo decir que no tener fuerzas no significa no ser fuerte y que tener miedo no significa ser cobarde.

Lo peor son los despertares, es como un eterno retorno del enfrentamiento con la realidad.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Conversaciones que nunca existieron

Qué más da que lo que escriba no sea cierto, si pertenece a mi fantasía, pertenece a mi vida y sobretodo pertenece a mí.

Siempre señalar que todo parte de algo real. No creo que las cosas salgan de la nada. Dejando a un lado cuestiones meta
físicas, en lo más banal hay causas.En un acto hay una causa, en una palabra, en una idea o pensamiento hay una causa. No hablo de que en una casualidad haya una razón, puedes buscarla si quieres, no hablo de eso.

Lo que escribo tiene un 
fundamento y aunque me ponga muchas veces en una situación hipotética, puede ocurrir. Cuando ocurra podré leer lo que pasó en ese momento por mi cabeza y darme cuenta de hasta dónde afiné. Y si resulta que estaba equivocada, al menos habré sacado un texto de ello. En mis páginas se queda, esas palabras siempre dirán algo. Quizás sólo me lo digan a mí, o a las personas contadas que curiosean mi diario; y si está publicada a algún que otro desconocido, desde luego eso es lo que menos me importa. 

lunes, 14 de octubre de 2013

Secuencia de atardeceres

De vez en cuando escribo, y algunas veces, sobre ti. Y algunas veces sobre otros. Y otras sobre nada. Superar algo no significa dejar de escribirle. Que una situación no suceda en tu vida, ni si quiera la sientas, tampoco significa no escribirla. El mundo de la escritura es tan amplio y real como inexistente y ficticio.
Por qué no escribirte otra vez si para mí nuestro momento fue poético. Aunque se alargase, aunque terminase, aunque el fin no me gustase. Tú eres poético.

Todos deberíais saber que su piel estaba ligeramente bronceada, sus ojos eran cristalinos como el mar al medio día, su cabello arena dorada y de él pendía una piedra color ámbar. Él era el sol.
Y ella. Su piel era como la arena en la noche, sus ojos eran profundos, sus cabellos acantilados y de su cuello colgaba una piedra color azabache. Ella era la luna.
Nos conocimos en un atardecer, y hasta que te fuiste, todos los pasamos juntos.
Ya sabéis dónde se metían cuando el cielo era de nadie, tras la puesta.

Después, la luz del sol dejó de calentar la sangre de la luna y se volvió tibia.

No la volvieron a eclipsar.